Una sonrisa al otro lado de la línea

    Me encanta llamar a una empresa para hablar con alguien a quien aún no conozco y con quien quiero trabajar en algún proyecto en común, y que me den un portazo en la cara. En muchas ocasiones ni ellos saben si lo que les voy a contar les beneficia o no. Viven aferrados a su día a día, su trabajo cotidiano y sus quehaceres obligados, sin mirar por encima de su ordenador para analizar nuevas posibilidades. En dos palabras, no tienen visión de futuro ni intuición por nuevas oportunidades.

    La mayoría de las veces están en lo cierto: lo más probable es que esa llamada les haga perder tiempo, posiblemente la oferta no les interese para nada y no contemplen mi solicitud porque se sale de sus presupuestos o intereses. Y es por ello por lo que su actuación por defecto es cerrar las puertas a todas. En caso de que alguna merezca la pena y pierdan la oportunidad, es un mal menor, al menos habrán ahorrado tiempo perdido de las demás.

    Es una filosofía extendida en muchos puestos de trabajo. Sin embargo, este comportamiento no sólo provoca que su empresa pierda alguna buena posibilidad que quizá no habían contemplado, sino que puede dar lugar a consecuencias aún peores. Esa persona estará dando una imagen muy poco simpática y agradable al exterior, al resto de compañías y posibles nuevos intereses, y esto puede repercutir negativamente en otros ámbitos. Nunca se sabe de dónde va a necesitar apoyo, ayuda, o dónde van a nacer sus nuevos intereses. Y si el futuro pasa por manos de quien ha llamado y ha recibido la negativa por defecto, dudo mucho que esa empresa tenga posibilidades. Es curioso lo fructífero y beneficioso que puede llegar a ser una sonrisa al otro lado de la línea, y qué poquito cuesta.