Navidad en la oficina

    Estamos a finales de noviembre y se acerca la Navidad. Me da la sensación que cada año llega un poco antes. Como siempre por estas fechas el ambiente navideño se extiende por calles, comercios, hogares y oficinas. Igual que en casa, nuestra oficina se decora con los típicos adornos navideños, incluso con un abeto gigante de plástico. No es que me entusiasmen las estrellitas y campanillas pero tengo que reconocer que está la oficina está más bonita que el resto del año.

    Hace unos días se concretó fecha para la gran “esperada” y “temida” cena de empresa. Será el 17 de diciembre. Debería atreverme a decir la verdad, que no me apetece ir. Cada año me lo propongo e intento inventarme la mejor excusa, pero al final, como siempre, termino yendo por pensar que descubrirán mi tapadera o por falta de valor por decir la verdad. No soporto aguantar, al igual que sucede en las reuniones familiares navideñas con el típico familiar insoportable o gamba, al compañero que durante todo el año es un mal educado, borde, trepa o que habla mal a tu espaldas. Y es que siempre elijo fatal donde sentarme en la mesa y eso que hago todo lo posible por ubicarme cerca de los compañeros que me llevo genial, pero por h o por b siempre me cae un “pesado” cerca de mi. Después está el compañero, con el que no has hablado más de tres veces, que ha bebido unas cuantas copas de más y se pone muy pesado. ¿Y el jefe? Escuchar su magnífico discurso…

    Y esto sin contar el regalito del amigo invisible. Vaya chorrada. De verdad, siempre me toca regalo más cutre. El año pasado me tocó un manta con mangas que no he sacado ninguna utilidad. Creo que con 30 euros que ponemos podrían regalar algo útil. Yo opto por eliminar este juego navideño. A ver si respiro tres veces y cojo fuerzas para decir que no voy a ir.