La feria que no vende

    Los tiempos han cambiado. Lejos quedan ya aquellas épocas en las que la estrategia de marketing de la mayoría de las empresas posicionaban a las ferias como herramienta clave para llegar al público. Por entonces, dedicaban casi medio año en preparar una feria en la que iban a participar durante sólo 3 ó 4 días, y que suponía la mejor manera de mostrar al cliente sus productos y servicios.

    Sin embargo, la afluencia a estos eventos ha caído en picado, y ya pocas ferias salen rentables a las compañías. Los numerosos gastos que genera la asistencia a alguna cita comercial anual ya no se cubren con las ventas conseguidas tras la misma. Y, por ello, los grandes recintos feriales les quedan cada vez más grandes a los asistentes.

    Y es que la estrategia ha cambiado radicalmente. Si antes vendía el hecho de ver, tocar, comprobar… un producto o un servicio, ahora lo que vale es el resultado, la solución que ese producto o servicio ofrezca al consumidor. No importa que una máquina de cocinar pele 100 patatas por minuto, sino el plato delicioso que se consigue con ella en la cocina. Ya no es atractivo conocer en persona las impresionantes cualidades de un móvil de última generación, sino vivir las experiencias que te permite su uso. Por este motivo, muchas ferias se han quedado en meros acontecimientos anuales a los que acuden algunos profesionales que, al menos, tienen la oportunidad de debatir el significado de su asistencia a los mismos.