Hacia donde caminamos

En Foromarketing vamos a reproducir una artículo que consideramos de interés, no porque compartamos todo lo que se dice, que no es así, sino porque hay alguna reflexión que nos ha parecido interesante. El tema es sugerente: El Irremediable destino de España. España va a quebrar.

España va a quebrar. No tengan ustedes la menor duda. Ni el twist ni ninguna otra ocurrencia de las autoridades monetarias a los dos lados del Atlántico que suponga echar más leña al fuego del apalancamiento crediticio van a evitarlo. El desastre sólo lo podíamos haber evitado nosotros cambiando radicalmente nuestra actitud y nos hemos negado. La pregunta es con qué grado de orden y cuándo entraremos en default.

La clase política aún no se ha enterado de que el déficit, siendo como es una lacra y uno de los principales problemas que con urgencia debemos resolver, no es la causa sino la consecuencia de nuestro descalabro nacional.

El verdadero problema es el Estado del Malestar, que ha disparado el gasto, sí, pero también ha idiotizado a la población, generado dependencia, expulsado a miles de proveedores privados, generando paro masivo y espantado a emprendedores e inversores.

En el siglo XVI, Felipe II trató de enmascarar sus cuatro quiebras para ocultárselas a la ciudadanía. El resello de los maravedíes se convirtió en una constante y la moneda de plata de dos maravedíes que entraba en las arcas de la hacienda pública salía a afrontar los pagos con un sello que la inflaba hasta cuatro maravedíes, recibiendo el proveedor la mitad de la plata que en justicia le correspondía. El problema, entonces como ahora, no era la inflación ni el déficit. Éstas eran y son sólo las consecuencias.

El fondo de la cuestión es moral y filosófico. Los españoles, al igual que lo griegos, escuchamos entusiasmados los cantos de sirena del estatismo. No contaron que si vendíamos nuestra alma al Estado, un ejército de funcionarios se ocuparía de todo lo que necesitábamos: nuestra salud, la educación de nuestros hijos, nuestras pensiones, la caridad, el diseño de nuestras casas, barrios y ciudades, la oferta cultural, la construcción de infraestructuras, la seguridad física, la creación de empleo, la regulación de la competencia y la gestión de nuestro dinero.

Nos hicieron creer que si aceptábamos este diabólico trato ya no tendríamos que preocuparnos por estar siempre informándonos de qué médicos cuidarían mejor de nuestra salud, ni cuál sería la última tecnología médica para nuestros casos concretos, que las nuevas generaciones serían las mejor formadas, que accederíamos a una pensión maravillosa sin necesidad de ahorrar, que quedaríamos eximidos del deber moral de ayudar a los más necesitados porque papá Estado lo haría por nosotros, que nuestros barrios y ciudades serían bellas y armónicas, que seríamos ciudadanos cultos y que el arte entraría en una era de florecimiento, que nos uniría a todas las provincias por tren de alta velocidad, que nos desarmarían para protegernos mejor, que nos buscarían empleo a través de oficinas públicas de colocación, que los consumidores podían comprar tranquilos porque el Estado se encargaría de perseguir a los empresarios que vendieran demasiado barato, demasiado caro o al mismo precio que los demás, y que expropiaban nuestro dinero para monopolizar la oferta monetaria y así cuidar de nuestro poder adquisitivo.

Los ciudadanos picaron el anzuelo. Dieron manga ancha a la clase política para entrometerse en nuestras vidas desde la cuna hasta la tumba. Alentaron al Estado para que usara la fuerza contra aquellos ciudadanos que no quisieron vender su alma a la divinidad estatal porque preferían seguir siendo responsables de su futuro. Así llegamos a tener una sociedad totalmente irresponsable, de ciudadanos que esperan que el Gobierno quite permanentemente a otros para proveerles a ellos de todo tipo de servicios.

Hablamos de una sociedad en la que, como en toda nación en decadencia, la gente ha vivido durante años pensando exclusivamente en el presente, en el siguiente mojito y en el cambio de modelo de coche, sin ahorrar lo más mínimo para tratar de mejorar nuestro futuro porque papá Estado ya se encargaría de meter la mano en la cartera de otro para proveernos de los mejores servicios y pensiones el día de mañana.

Como toda sociedad en decadencia, hemos ido sobrados, desperdiciando a todo el que no seguía nuestro modelo.

Cuando en Estados Unidos 60 millones de ciudadanos se unían al Tea party, un movimiento cívico y pacífico que exige a los políticos que dejen de endeudarles, de subirles los impuestos y de entrometerse en sus servicios básicos, aquí los tildamos de ultras y trogloditas. El efecto de varias décadas de Estado de Malestar es esta fatal arrogancia que acabará con nosotros.

Como nación nos merecemos lo que se nos viene encima, pero resulta injusto que tenga que sufrir también la minoría que siempre quiso cambiar el rumbo hacia una sociedad de individuos más responsables e independientes del poder estatal.

Es, precisamente, a buena parte de esa minoría de ciudadanos que durante muchos años se ha esforzado por trabajar y ahorrar para lograr una cierta independencia de los insostenibles servicios estatales a quienes el gobierno trata ahora de castigar severamente con toda clase de impuestos confiscatorios.

La última ocurrencia de este Gobierno resentido ha sido reimplantar el Impuesto sobre el Patrimonio, que por mucho que la propaganda estatista intente vender como un impuesto a los ricos, es un injusto sablazo a nuestros mayores que han acumulado un patrimonio que les permite vivir decentemente a una edad en la que no pueden seguir ofreciendo servicios personales al mercado.

Se trata, además, de un gravamen que resucita la doble imposición, penaliza la independencia financiera y desincentiva la acumulación de capital que tanto necesita nuestro país para mejorar nuestra productividad y elevar nuestros salarios.

Nos reímos de los extranjeros por el pequeño lunar que no se miran en la cara, mientras ignoramos en nosotros mismos los síntomas de un demoledor cáncer que ha arrasado el espíritu que mantiene vigorosas a las sociedades en su desarrollo a lo largo de la historia.

España va a quebrar porque nuestra clase gobernante ha logrado matar ese espíritu de libertad, superación y responsabilidad individual que está detrás del progreso de las sociedades.

Gabriel Calzada

Presidente del Instituto Juan de Mariana