Un gran homenaje a nuestros autónomos

Esta vez con un Robert Redford dejándose literalmente la piel de forma admirable en un rodaje en un barco de 12 metros de eslora, como anticipándonos que la jubilación es muy posible que no exista para el colectivo profesional al que pertenece: los autónomos.

Trabajar en situación de emergencia

Un día cualquiera de un patrón sin nombre que navega en solitario a cientos de millas de tierra, en el océano Índico. De noche, mientras Redford duerme, la amura de estribor choca con un contenedor. El resultado: una vía de agua muy peligrosa. A partir del incidente se van sucediendo todo tipo de adversidades para un capitán con un barco gravemente dañado y las borrascas tan agresivas de la zona de vientos huracanados. Su sistema de radio queda inutilizado. Y es aquí, a partir de este contexto tan dramático –como lo es nuestra crisis que no cesa–, donde se pueden sacar paralelismos muy ilustrativos para ese colectivo de autónomos tan silencioso como heroico que supera ya los 3.100.000 individuos.
Estos son algunos de los rasgos peculiares que el autónomo comparte con el protagonista de la película:

Trabajo en soledad. Es lo principal que vemos en la película y en la actividad del autónomo. Redford se enfrenta radicalmente solo a las fuertes marejadas, al boquete de agua y a la desarboladura del barco. Depende únicamente de él, como nosotros en la vida profesional, y de su expertise. Es patrón y proel a un tiempo. Tal es la soledad funcional pero una vez asimilada le permite, como a los autónomos, un vivir alerta concentrado en la cantidad de tareas que se suceden, cargadas de imprevistos. La toma de decisiones se realiza sin consulta ni trabajo en equipo. El resultado: una gran madurez profesional, calidad de desempeño y aprendizaje por prueba y error como acontece en tantos autónomos en nuestro país. Como si descubrieran en carne viva como Robert Redford entre las olas, aquello de un pensador nuestro: «Ser es defenderse».

Ausencia de quejas y lamentos.
No hay en todas las peripecias de nuestro protagonista al borde de la muerte ni una palabra de queja. Solo una vez un taco cuando descubre que el agua de reserva no es potable. Precisamente esa falta de lamento y de autovictimización le confiere, como a muchos autónomos en contraste con otros colectivos profesionales, una fortaleza y aprovechamiento del tiempo muy distintivos. La energía que se pierde en la quejumbre se dedica, como vemos en la pantalla, a algo más valioso: sobrevivir. Y ello produce perfiles recios tallados en un cúmulo de adversidades que dejan en evidencia por contraste a ciertos asalariados y funcionarios instalados en la cultura del señorito insatisfecho.

Gestión de la incertidumbre. Otra cosa que podemos aprender de Redford: su alto índice de resiliencia o capacidad de adaptarse a diferentes escenarios, en apenas horas. Si hay una actividad resiliente es precisamente la de navegar, al ser el mar totalmente imprevisible según los vientos. Lo mismo que encontramos en las experiencias profesionales del autónomo con algunos años de trayectoria: proyectos que se caen, facturas que no llegan a cobrarse, retrasos injustificados en los pagos, abusos varios del cliente en situación dominante, postergación de las Administraciones Públicas, etcétera.

Espíritu deportivo.
A pesar de todo eso, o precisamente por todo eso, despliega Redford un carácter deportivo ajeno al dramatismo que le hace hacer frente a todas las adversidades concatenadas sin abandonarse a la derrota. Hay una escena bien elocuente en la balsa auxiliar: todos los días, a pesar de ir a la deriva, toma con un viejo sextante su posición para saber cuánto ha navegado y dónde está. Sin medir y celebrar esos pequeños hitos intermedios –que son victorias– no podría Robert Redford soportar todas las inclemencias. El espíritu deportivo para existir requiere de pequeños logros y aprender a celebrarlos.

Gestión de la salud y de la enfermedad. Hay en la película otro matiz que debemos aplicar al mundo de los autónomos: la imposibilidad a menudo de facto de caer enfermos, precisamente por la naturaleza azarosa de los proyectos e ingresos. Lo que comporta un especial cuidado de la forma física. A Robert Redford eso le lleva a un cuidarse preventivamente durante su naufragio (protección contra las insolaciones, nutrición, bebida a partir de agua de mar potabilizada, etcétera) como a un curarse a sí mismo (sutura de una herida), que vienen impuestos por su soledad: si no lo hace el autónomo nadie lo hará a cambio, como sucede en otros regímenes laborales.

Por cierto, nuestro colectivo de autónomos crecerá a causa de la crisis hasta los 5 millones en los próximos años. Ante lo cual la película me parece, nunca mejor dicho, un gran «aviso a navegantes»

Ignacio García de Leániz es profesor de RRHH en la Universidad de Alcalá de Henares

Publicado en Emprendedores&Empleo, expansion.com