España se desangra

Federico Mayor Zaragoza, siendo director general de Unesco, afirmaba en 1993 que “la Ciencia y la Tecnología han jugado el papel decisivo en el desarrollo económico y social de nuestro siglo”.

El impacto de la Ciencia y la Tecnología en la economía de los países desarrollados es descomunal. En Estados Unidos, como ejemplo, el Consejo de Asesores Económicos del Presidente ha estimado que el 50% del aumento en el rendimiento de la economía norteamericana durante los últimos 50 años se debe a descubrimientos científicos y avances tecnológicos durante ese periodo. Otros economistas han llegado a conclusiones semejantes.

El rendimiento es fabuloso. Estados Unidos invierte el 3% del PIB en la investigación científica y esa inversión produce un aumento del 50% en la economía. Si ello es así, ¿por qué España no invierte más en I+D? Una respuesta peyorativa, aunque sin duda correcta en parte, es que las inversiones en I+D contribuyen muy poco, o no contribuyen, al número de votos que los partidos políticos reciben.

Pero la economía del país sufre y muchos de los científicos emigran a otros países. Esto sigue pasando en España aun cuando la inversión en I+D ha aumentado notablemente en las últimas décadas. La secuencia causal entre la inversión en I+D y el desarrollo de la economía implica un estadio intermedio: la productividad científica. En 1982 la inversión española en I+D era el 0,48% del Producto Interior Bruto (PIB). Aumentó gradualmente durante la década siguiente, llegando al 0,90% del PIB en 1992. La economía española creció notablemente durante la misma década. El gasto español en I+D se quintuplicó, pasando de 96.000 millones a 530.000 millones de pesetas entre 1982 y 1992.

Los resultados en la producción científica fueron espectaculares, pasando entre 1982 y 1992 de 3.900 a 14.000 artículos publicados por autores españoles en revistas científicas de rango internacional. En términos relativos, la productividad científica de España pasó de ser menos del 1% de la mundial en 1982, al 2% en 1992.

Han pasado dos décadas más. ¿Dónde se encuentra España? La inversión en I+D no ha mejorado notablemente. Desde 1990, representantes de uno u otro partido político han anunciado su intención de duplicar la inversión en I+D para llegar al 2% del PIB. En 1990, autoridades del Ministerio de Educación me informaron repetidamente que la inversión en I+D aumentaría en la década siguiente hasta el 2% del PIB. Pero no fue así.

Inversión

El promedio de inversión de los países de Europa occidental era en 1990 de casi el 2% del PIB, y ahora es algo más. En Alemania y otros países europeos, como también en Japón y Estados Unidos es del 3%. Entre 1995 y 2008, el promedio de inversión de la Unión Europea en I+D aumentó notablemente. En España nunca pasó del 1,4%. Actualmente, con los recortes anunciados, tal vez se reduzca al 1% del PIB, como era hace 20 años.

El Informe de 2011 de la Comisión Europea sobre Innovación y Competitividad sitúa a España en 2009 dentro de la escala de inversión en I+D, en la posición 25, con 1,38% del PIB, por debajo de los países de Europa occidental y de Portugal, Islandia, Eslovenia, Irlanda, Chequia y Estonia.

Una consecuencia negativa importante de la baja inversión en I+D es la relativa escasez de puestos de investigación en universidades y otras instituciones, lo cual lleva a la fuga de cerebros. España sigue preparando científicos de primera talla y muchos, la mayoría, se quedan en España. Pero muchos de entre los mejores, hacen investigación en otros países. Este desangre no se ha reducido en las dos últimas décadas, precisamente porque la falta de inversión limita los puestos de investigación accesibles.

Un profesor en mi Universidad de California, en Irvine, sirve de ejemplo típico. Obtuvo su doctorado en genética por la Universidad Autónoma de Barcelona en diciembre de 1998. Por falta de oportunidades semejantes en España, aceptó un puesto de investigador postdoctoral en la Universidad de Harvard desde febrero de 2000 hasta agosto de 2003, y en la Universidad de Cambridge de septiembre de 2003 a julio de 2007. Durante esos años seguía explorando oportunidades en España, que nunca tenían lugar. En agosto de 2007, nuestra Universidad le ofreció un puesto de profesor, donde continúa ejerciendo.

España costeó su educación durante 20 años, desde la enseñanza primaria hasta su doctorado. El coste para el país fue, digamos, de 100.000 euros. Esa inversión española se ha convertido en un subsidio para Estados Unidos, que es ahora el país que se beneficia de su investigación y docencia. Un caso más entre los cientos de científicos mejor formados de España que trabajan en Estados Unidos, Alemania, Inglaterra y otros países. El proceso es equivalente a una subvención para estos países y una pérdida para España, que necesita aumentar su inversión en I+D para beneficiarse, y no solo económicamente, de los científicos que España forma.

Ya es hora de que los gobiernos españoles acepten las consecuencias de lo que ya en 1994 dijo el presidente Clinton: “Los descubrimientos científicos nos inspiran y nos enriquecen, enseñándonos sobre los misterios de la vida y la naturaleza del universo. La tecnología, motor de crecimiento económico, crea puestos de trabajo, engendra nuevas industrias y mejora nuestro estándar de vida. La ciencia alimenta el motor tecnológico”.

Francisco J. Ayala

Profesor de la Universidad de California, Irvine

Publicado en Expansión en 29 de mayo de 2012