España: Nos quedamos con la versión positiva

Ofrecemos un interesante artículo sobre las dos caras que ofrece España al exterior y sobre cómo podríamos extrapolar el potencial de nuestro deporte a otros ámbitos.  Santiago Álvarez de Mon, Profesor del IESE, realiza su exposición en el diario Expansión, que, por su interés, reproducimos.

Las dos Españas

Escribo esta columna desde Londres; España es noticia. Ayer por la noche, hoy es lunes, la radio del taxi hablaba de Spain. Cuando me instalé en la habitación de mi hotel, la CNN y la BBC, las grandes cadenas de televisión nos concedían una singular cuota de pantalla.

Esta mañana he desayunado con Rajoy en la primera página de los periódicos más influyentes. Por un lado, la ayuda concedida al sistema bancario español a través del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, es breaking news. No recuerdo en ninguno de mis viajes al extranjero tal notoriedad mediática. Por otro, el empate de España frente a Italia y la interrumpida final de Nadal contra Djokovic confieren a nuestro país un doble y contradictorio protagonismo. ¡Menudo contraste! La España deportiva despierta respeto, admiración, temor, mientras la España financiera y política provoca incredulidad y desconfianza. Los pecados de incompetencia, tardanza, opacidad informativa y contaminación política han sido de tal calibre –a algunos gestores, consejeros, sindicalistas y políticos no sé como no se les cae la cara de vergüenza– que la Europa del norte ha dicho basta.

De la comparación de dos Españas tan distintas surge mi deseo de que la España intervenida, rescatada, ayudada, vigilada –no nos perdamos en la semántica, el lenguaje no puede camuflar un fracaso objetivo–, aprenda de la España que entrena, corre, suda, sufre y disfruta. ¿Qué apuntes debe tomar la España que hoy nos sonroja y preocupa, de la España que nos une y hace sentirnos orgullosos? ¿Qué lecciones deberían memorizar e interiorizar nuestras autoridades de los Xavi, Casillas, Gasol, Nadal, Alonso y compañía?
Subrayaría seis:

1. Talento. “Lo que natura no da Salamanca no presta”. Detrás de nuestras hazañas deportivas hay mucho talento. El que no sabe de finanzas, de economía, de empresas, ¿qué pinta en un comité de dirección, qué hace sentado en un consejo de administración?

2. Trabajo. Nada es por nada. La labor de cantera que se viene haciendo luce ahora sus frutos. Ves entrenar a los Iniesta, David Ferrer, Juan Carlos Calderón, y entiendes su aptitud y actitud para competir. Dicho esto, si no hay talento, prefiero un vago somnoliento que un activista de la acción. ¡Qué ligereza para conceder créditos!

3. Equipo. Incluso en deportes tan individualistas como el tenis encuentras equipos formidables. Rafa no sería Nadal sin su gente. Le preparan, exigen y arropan para la soledad tremenda de la pista. ¿Cuántos consejos de administración tienen la sinergia y complicidad de un equipo cohesionado?

4. Realismo. El deporte, en su implacable dialéctica, victoria-derrota, deja pocos resquicios para esconderse. Las excusas, mentiras, búsqueda de chivos expiatorios sirven de poco. ¡Qué pena que no impere la misma lógica en las alturas del maridaje política-finanzas! Nos hubiera ido mucho mejor si se hubiera reconocido hace tiempo que habíamos entrado en una espiral perniciosa de negación, que algunas cajas estaban seriamente lesionadas, que unir cuerpos enfermos nos acercaba al infarto. El primer error es inocente, lo malo es el segundo que niega el primero optando por una respuesta soberbia, tardía e irresponsable.

5. Juego limpio. Que el deporte-espectáculo-negocio se encanalla a veces cuando priman los dos segundos sobre la versión más romántica del primero es indudable. Sin embargo, a la larga prevalece la justicia, casi siempre gana el mejor. La historia reciente de nuestra economía muestra conductas indecentes, retribuciones escandalosas, silencios estruendosos, omisiones gravísimas. En suma, una estética dudosa, una ética traicionada.

6. Capacidad de aprender. Esta es la actitud que se acurruca detrás de cualquier epopeya humana. Entrenamiento, perseverancia, paciencia, humildad, son los brazos fornidos que llevan al talento en volandas.

A este respecto, Nadal es un caso único. Con 26 años, ocho ya en la cumbre del tenis, asombra su disposición mental para mejorar. El año pasado la racha consecutiva de derrotas ante Djokovic introdujo dudas y fantasmas que ni el mejor Federer consiguió suscitar.

Donde antes había confianza surgieron voces interiores que cuestionaban su arsenal de armas para competir con rival tan agresivo y preparado. La última derrota, Australia, marcó un punto de inflexión. En aquel increíble partido ya se atisbó lo que está pasando ahora. Se sucederán victorias y derrotas, pero el sello de una carrera ejemplar no lo discute nadie.

¿Aprenderán nuestros políticos, auditores y gestores del bochorno de estos días? ¿Aprenderemos cada uno de nosotros? Si nos consideramos espectadores pasivos de una película ajena, ya se ve que no.

Santiago Álvarez de Mon, Profesor del IESE

Expansión 12/06/2012