ALARMANTE PÉRDIDA DE COMPETITIVIDAD

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Que la economía española pierde competitividad es un secreto a voces, por más que los dirigentes políticos opten por la táctica del avestruz, con la coartada que proporciona un crecimiento relativamente dinámico. Cada día que pasa se hace más difícil minimizar la importancia del espectacular aumento del déficit exterior (se halla en el 5% del PIB, similar a EE.UU.), el desplome de la inversión directa extranjera (ha caído a niveles de comienzos de los noventa), y a la deslocalización de industrias. Estos desequilibrios representan la prueba de nueve de las carencias competitivas. Así lo ponen de manifiesto las clasificaciones de competitividad  de los distintos organismos internacionales, en las que España baja puestos cada año.

Desgraciadamente, no se trata de una cuestión coyuntural que pueda superarse con cambios de la actual fase cíclica. España tiene ante sí el desafío de afrontar lo que se ha convertido en un problema estructural, que tenderá a agravarse cuanto más se agudice el agotamiento del exitoso modelo de crecimientos de los últimos años, excesivamente dependiente del consumo de las familias y de la construcción, y sustentado por unos costes laborales relativamente bajos y precios reducidos. Esta combinación empieza a desentonar en el nuevo entorno económico mundial, determinado en gran medida por la integración de los países del Este a la UE. y por las agresivas economías asiáticas. Ha sido precisamente la bonanza económica la que ha hecho bajar la guardia y descuidar un flanco tan importante como el capital humano y tecnológico. Un grave error si se tiene en cuenta, como advierte el Círculo de Empresarios, que las claves para competir en el futuro son la inversión en “conocimiento e innovación”. Por reiterativo que parezca, enderezar el rumbo de la economía española requiere un amplio abanico de reformas, identificadas desde hace tiempo, pero sin el empuje de la voluntad política para llevarlas a cabo. Recuperar el tiempo perdido exige flexibilizar el mercado laboral (la reforma de la negociación colectiva es urgente), diseñar un marco fiscal competitivo, introducir eficacia en el sistema educativo e invertir en investigación y tecnología. 

Este diagnóstico, en mayor o menor medida, es extrapolable a otras economías europeas que también se están quedando rezagadas en el concierto internacional. Pero, como acierta a poner de manifiesto el Círculo de Empresarios, España carga sobre sus espaldas un lastre adicional, cada vez más pesado: el riesgo de ruptura de la unidad de mercado, como consecuencia de una multiplicidad de regulaciones superpuestas del Estado, autonomías y ayuntamientos, que reducen la eficiencia de la economía. Reflexión a tener en cuenta ahora que las reformas estatuarias en ciernes amenazan con cuartear aún más el mercado nacional, lo que desgraciadamente obstaculiza un óptimo desarrollo de las empresas. (Editorial publicado en el diario económico Expansión)