PROFESIONALIZAR LAS BUENAS IDEAS

Desde los años 80 del siglo pasado se ha insistido tanto en la necesidad de tener nuevas ideas, que los métodos para generarlas se han multiplicado sin parar. Junto a esta proliferación creativa se escucha también una queja generalizada ante la pérdida de talento. ¿Por qué se desechan y olvidan iniciativas con proyección de futuro?

Pienso que existe un error de base en esta compulsiva demanda de novedad. El fallo, en mi opinión, está en identificar “nuevas ideas” con “innovación”. Valorarlas como si se tratara de una misma realidad es un enfoque que normalmente desemboca en frustración y desaliento.

Las conclusiones del Senior Management Survey on Innovation, que desde 2006 elaboran Boston Consulting Group (BCG) y Business Week, son elocuentes: sólo un mínimo porcentaje de los encuestados reconoce que su problema con la innovación se deba a la falta de ideas.

Sin menospreciar su importancia, las ideas no son más que un eslabón de un sistema más complejo. Como muy inteligentemente matizan J. P. Andrew y H. L. Sirkin en Explota tu innovación, “la invención es la cosa en sí: la innovación, el proceso”. Y lo sintetizan en tres fases: 1) Generación de ideas, 2) Comercialización y 3) Realización.

La escasez de ideas no es el problema. El punto crítico del proceso innovador se sitúa más bien en la segunda fase –materialización y lanzamiento al mercado de la idea propuesta–, porque sólo desde ese enclave se determinan el nivel de inversión adecuado y el modelo de innovación que se adaptará óptimamente a la empresa, producto o servicio de que se trate.

Cuando observamos con detalle el recorrido –no tanto la gestación– de una idea razonablemente original, nos topamos con un obstáculo inesperado e indomable: un pánico que bloquea y se adueña de proyectos sólidos y preparados para soportar pruebas y duros contratiempos. Como ocurre con frecuencia, el enemigo lo descubrimos dentro, a nuestro lado, incluso dentro de cada uno.

Primero identificamos el miedo que padece el autor de la idea cuando subestima su propia aportación. Es el caso del innovador que teme no ser suficientemente creativo como para que su ingenio se desarrolle in crescendo. Para mayor desgracia suele coincidir con una puesta en escena poco convincente ante quien tiene la responsabilidad de apoyarla o no. O, sencillamente, la idea pasa inadvertida entre una multitud de sugerencias quizá de menor catadura.

Hay otro tipo de miedo, el que sufren quienes han de apadrinar las potenciales buenas ideas. Los planteamientos rompedores están muy bien cuando se plasman en una hoja de papel, pero se vuelven temerarios cuando se trasladan a una hoja Excel. Este pavor institucional transforma el dinero en un recurso escaso o inexistente.

El fracaso innovador queda atrapado por estos temores, muy difíciles de superar con palabras amables. Sólo la profesionalización de los procesos de innovación puede desbloquear el punto muerto de numerosas propuestas innovadoras que se amontonan en las mesas de los directivos. Quizá así también podamos rescatar las buenas iniciativas que, en su momento quedaron arrumbadas en el baúl de los trastos inútiles. Incluso, tal vez, desenterremos esos locos planteamientos concebidos por jóvenes inconscientes y que, como es lógico, fueron arrojados inmediatamente a la papelera.

¿Quién teme las buenas ideas? Nadie. Lo que realmente nos encoge la mente, el ánimo y el bolsillo, es la probabilidad de que se trate tan sólo de eso: simples buenas ideas.
Recuperar el capital invertido es el latiguillo con el que, a lo largo de Explota tu innovación, se fustiga a esos idealistas soñadores y vanidosos, que pretenden alcanzar la cima con el mero bagaje de una idea solitaria en manos de la fortuna.

Julio Pérez-Tomé Román
Trends Consultant