El día en que la ortografía cayó…

Con más pena que gloria he recibido las noticias sobre la nueva Ortografía, que ha sido elaborada por las 22 academias de la Lengua durante ocho años. Parece mentira que un texto que ha producido un desencanto tan grande haya merecido tanto tiempo de creación… Y es que las nuevas normas planteadas obligan a cualquiera a echarse las manos a la cabeza (a este paso, tendremos que decir “hecharse” las manos a la cabeza, ya que este error se está extendiendo tanto que la propia norma se adaptará a él).

Los señores de las academias nos instan ahora a quitar las tildes de palabras bisílabas como “truhán” o “guión”. ¿Por qué? ¿Es que dejan de ser bisílabas de repente, y como nuevos monosílabos no llevan tilde? Así, sin más…

Otras sorpresas ortográficas nos llevan a viajar a Catar en lugar de Qatar, o a hacernos un pirsin en vez de un piercing (quizá los adolescentes cuyos padres se nieguen a que se pongan un pendiente ahora no pondrán su impedimento porque ni se enteren de lo que les escriben sus hijos…). ¿Y eso de eliminar la tilde de la conjunción “o” cuando va entre cifras? Dicen que ya no causa equivocación, pues los ordenadores ofrecen tipografías distintas entre números y letras y la “o” se diferencia del “0”, pero… ¿y si nuestra letra manual no lo hace? No creo que las listas de la compra se escriban en el ordenador…

 

La evolución que retrocede

Bien es sabido que para fomentar la evolución humana es necesario que la lengua se adapte a las costumbres sociales. Con ello, se han introducido términos en el Diccionario de la RAE como “test”, “fondue” o “gourmet”, procedentes de otras lenguas, pero ya instalados en la sociedad española y protagonistas de las conversaciones diarias de sus hablantes. Pero esta adaptación de la norma no debe implicar una involución de la misma, sino una evolución, un crecimiento hacia delante.

La nueva ortografía es un buen reflejo de la evolución de la sociedad, en eso los académicos tienen razón. Pero para lograr este objetivo no se trataba de adaptar las normas al mal habla de la gente, sino al contrario, debería tratarse de que los ciudadanos conocieran mejor el idioma y las reglas a la hora de utilizarlo. Hay que enseñar bien en los colegios las reglas lingüísticas, no elevar la mediocridad en el lenguaje a norma universal.

Con la nueva norma considero que, lejos de adaptar la ortografía a todo el mundo y tratar de unificar el lenguaje, lo que va a conseguir es aumentar el número de incoherencias que existen y fomentar las equivocaciones. Bueno ejemplo de ello es que las nuevas reglas recomiendan (en este caso no imponen) dejar de acentuar el adverbio “sólo” pese a que se sustituya por solamente, para distinguirlo del “solo” de soledad. ¿Por qué? ¿Es que ha desaparecido la posible equivocación? No lo creo. Ahora, quien pida un café solo por escrito, deberá indicar después si se trata de que solamente desea un café, o si no quiere leche en el mismo…

Democratización del lenguaje lo llaman, pero ¿qué hay menos democrático que prescindir de una norma que se regía por la sensatez y la historia lingüística, aceptada por todos, en pro de hacerla más “común”, y por ende, más coloquial? También dicen que “el lenguaje es de los hablantes y debe adaptarse a ellos”, pero ¿eso quiere decir que terminaremos hablando incorrectamente, sólo porque una mayoría no conozca la norma actual?

Por si no hubiera ya incorrecciones miles por cada rincón escrito, tales como confusiones entre “a ver” y “haber”, o “echar” y el incorrecto “hechar”, ahora se riza el rizo y se plantean nuevas dudas sobre la mesa…

Sólo espero que todo este revuelo que se ha formado responda solamente (por no poner sólo, que quizá me lo tachen) a la nueva inocentada que se está preparando para dentro de unos días en los medios de comunicación… y así, los amantes del lenguaje podremos comenzar el nuevo año contentos.

Sin más, les deseo unas felices fiestas y que en fin de año intenten tomarse, al menos, 11 O 12 uvas… ¿o quiero decir 11012? Sin tilde, nadie lo sabe…